Los ojos de Lima

 

“En Lima, los cerros se alzan repletos de historias de niños y niñas que se van a la cama con hambre, que sueñan con ser arquitectos, médicas, pilotos, abogadas, profesoras… A veces sus sueños mueren en la arena de los cerros. Otras veces vuelan y se hacen realidad si alguien les apoya. Cada una de estas caras tiene un nombre, un sueño y una mirada que se enquista en algún lugar, muy dentro. A través de los ojos de los y las niñas del cerro “El Volante” aprendimos a mirar el mundo de otra manera. Ellos y ellas nos enseñaron el valor de un cuento, un juego y una canción. Después de tres meses viviendo junto a estos niños y niñas de la mano de Perualde, es imposible escapar de sus pupilas adultas en cuerpos tan pequeños.  Miradas cargadas de ilusiones porque ellas y ellos ahora tienen una oportunidad. A todos los niños y niñas de El Volante. Gracias”

“Los ojos de Lima”, por Iñaki Landa y Emilia Arias, estará en el polideportivo de Gobela hasta el 30 de noviembre, día en el que celebramos los XV años de Perualde.

Una humilde exposición que nos hace mucha ilusión y nos trae algunos de los mejores recuerdos de nuestras vidas.

Muchas gracias Perualde

Emi*

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Todo va a salir bien

Hasta hoy no me he sentido ni con fuerzas ni con ganas para escribir sobre J. Me parecía abrir la caja de las emociones, soltar las penas al viento. No estaba preparada para escribir una sola línea sobre esto.

Cuando dejamos Lima, él estaba contento porque por fin teníamos todo lo necesario para operarle; el maldito dinero, las pruebas médicas necesarias, su valentía, el apoyo de su familia y de todo el barrio…

Antes de irnos J. nos dijo que estaba tranquilo; “Todo va a salir bien señorita”, me dijo antes de despedirnos con un abrazo.

Habían pasado pocos días desde nuestra llegada. La operación que iba a devolver la esperanza de una vida larga a J. sería el 2 de abril. Después de esa operación su espalda dejaría de presionar  sus pulmones, J. respiraría bien y podría vivir como cualquier otra persona, los años que fuesen.

Llegó el 2 de abril. J. no soportó la anestesia. Después de una hora en el quirófano sufrió una parada respiratoria. Fue trasladado a otro hospital donde permaneció sedado, dormido, como fuera de este mundo, lejos de Lima, del barrio, de todo lo que alguna vez fue suyo. Con un respirador artificial, alimentado por una sonda y entubado, J. parecía a millones de kilómetros de Lima. Todo lo recaudado para alargar su corta esperanza de vida y mejorar su calidad de vida, se estaba gastando en la recuperación de una operación que nunca se pudo concluir. Charo recorrió Lima comprando sedantes, pañales, alimento en sobres, medicinas varias… ¿Hay algo más injusto?

Cada día esperábamos los correos de Charo. Cada mail llenaba nuestras cabezas de nubes oscuras; “no volverá a andar”, “no volverá a hablar”, “se quedará así, no más”….

Charo nos contó en un correo que el día que J. despertó de la sedación se volvió como loco. No entendía donde estaba, qué había pasado, porqué tenía tantos tubos por todas partes, porqué intentaba hablar y no podía. Su frustración e impotencia se nos clavaba en partes escondidas del alma, si es que existe el alma.

En ese mismo lugar, se llame como se llame, escondíamos la esperanza secreta de que algo bueno tenía que pasar. Hoy se cumple un mes y tres días desde aquel quirófano.

Ha llegado un mail. En el asunto dice “Jorge recuperado!”. Charo nos cuenta que hoy reconoce, afirma y niega con la cabeza, está despierto, bebe agua y está allí, en Lima, entre la gente que le quiere.

Desde lejos cerramos los ojos y entramos en esa habitación de ese hospital de Lima, nos acercamos a la cama y te damos un beso. Desde lejos te decimos que esto es solo el principio y que vas a estar bien. Ya no sirve de nada pensar en lo injusto del destino, en la mala suerte, en el sistema sanitario privatizado e injusto, en los quirófanos, en los repiradores… Ahora solo queremos pensar en ti, asintiendo con la cabeza, reconociendo a la gente que te quiere, mirando el mundo desde cerca, bebiendo un vaso de agua….

Para J.

“Todo va a salir bien, señorita”

Emi Arias

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La niña del Ampato

 

Apareció en la cima del Ampato, a unas horas de Arequipa (Perú), con su melena negra larga e intacta 500 años después. Abrazada a sus rodillas, la nieve y el hielo conservaron cada detalle de su fisionomía.

Le llamaron Juanita por John, el expedicionario estadounidense que encontró su tumba.

Sobre los hombros llevaba una tela roja y blanca que le protegió del frío  en el ascenso hacia su propio sacrificio, en la cima del Ampato a más de 5.000 metros de altura.

Dos alfileres enormes llamados “tupos” amarraban sus ropas y todavía hoy dan cuenta de su procedencia noble. En su bolso se encontraron restos de hojas de coca y charki, carne seca de llama.

Los temblores hicieron que su fardo funerario rodase varios metros y quedase junto a la boca del volcán. Todas sus pertenencias fueron encontradas en el lugar del sacrificio y el entierro; vasijas, figuras de distintos metales y objetos ceremoniales. El deshielo favoreció que se abriese esta ventana a la historia.

Juanita era virgen, era noble y era una “elegida”. Desde pequeña había sido preparada para una temprana muerte, para calmar la ira de los dioses, para que los “Apus” de las montañas no lanzaran fuego, no enviaran aluviones y fueran benévolos  con el imperio Inca.

Juanita nació para morir en una fecha determinada.

Debieron tardar días y noches enteras en llegar a la cima del Ampato sin casi oxígeno. Caminaron desde Cuzco, a 10 horas de coche del lugar donde apareció.

Imagino a Juanita subiendo firme y orgullosa, pero también exhausta y asustada. Le veo caminando hacia su muerte por la vida de su pueblo. Eso le habían dicho. Esa había sido su preparación.

Durante un tiempo se pensó que el mismo frío que ha conservado durante cuatro siglos su corazón , su estómago y la piel de sus manos, había acabado con su vida. Sin embargo, los huesos de su cráneo hablaron; Juanita recibió un golpe mortal en la cabeza que congeló su vida a los 13 años para siempre.

Su cuerpo de metro y medio de estatura sigue encogido ante las miradas curiosas; mezcla de admiración, extrañeza y cierta repulsión. La “niña del Ampato” descansa en una cámara frigorífica transparente que mantiene su pecho lleno de hielo.

Los Apus reclaman su regreso. Este no es su sitio. La vida de Juanita fue una cruel preparación para la vida eterna, una entrega total al pueblo Inca. Su tumba ya no es su tumba ni su sacrificio es ya su sacrificio. Juanita no vivió para descansar en un museo pero el museo nos asoma a aquel mundo.

Paradojas a parte, todavía son muchas las hipótesis, las preguntas, los equívocos y los misterios que rodean este rostro de cuencas profundas, este pequeño cuerpo que los Apus reclaman y las montañas echan de menos.

Hoy nuestros sacrificios son otros. Mueren inocentes a diario por otros mitos y leyendas, por creencias, banderas, dioses, tierras prometidas, diamantes, petróleo, opio…

Solo que hay quién aún no sabe que estamos llenando el mundo de sacrificios humanos con menos sentido todavía que el de Juanita.

Emi Arias

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Coroico y la Coca

Una mujer negra que supera los setenta descansa tendida a la sombra de una casa baja de adobe. Esto es Coroico. Esto es Bolivia.

Su vecina, una “cholita” de impecable pollera y gorro, le acompaña sentada a su lado en una silla. Es el fresco calor de las seis de la tarde en esta selva alta, en los Yungas, donde los Andes verdean y explotan en estrepitosas cascadas. Ese lugar donde la Amazonía se eleva sobre sí misma, dulcificando la ferocidad de la selva.

Coroico, este pueblo mestizo, mitad Amazonía, mitad cordillera, respira orgulloso y alegre rodeado de campos de coca. La población afroboliviana pasea sus raíces esclavas por estas calles de colores alegres. Mientras, las trenzas negras y largas contonean su timidez andina, su tristeza de india buena, de indio honesto.

“No le saquéis fotos a la gente que trabaja en los campos de coca”. Hicimos caso.

La mayor parte de la coca boliviana se cultiva en esta parte del país. La DEA (Agencia Américana Antidroga) dejó el país por orden de Evo Morales y los programas de erradicación demostraron no ser la solución ni al consumo ni a la corrupción. La Coca no es el demonio.

La hoja de coca aquí está presente en cada calle. “Chacchar”, “picchar” o masticar es el pan de cada día en la elevada Bolivia. Quita el sueño a quien conduce el autobús en la carretera más peligrosa de América Latina, mantiene alerta a quien entra en una mina en Potosía, la toma quien vende para aguantar el hambre, quien tiene animales, quien tiene chacra y quien no tiene nada también.

La DEA centró sus esfuerzos en la destrucción de los campos pero el problema no eran ni los campos ni sus campesinos y campesinas. El tráfico de drogras seguía enriqueciendo a narcos al norte y al sur mientras a las personas que trabajaban los campos apenas les llegaba para comer.

Los campos ardían a la vez que los narcos seguían introduciendo cocaína procesada en el mercado de Estados Unidos y Europa. Ergo, las llamas no quemaron ni el consumo ni el narcotráfico.

Miles de hectáreas ardieron para absolutamente nada.

En Bolivia los autobuses huelen a esta hojita amarga, la gente habla con ese bulto característico en el papo y sus múltiples usos y propiedades medicinales la convierten en compañera imprescindible de bolivianos y bolivianas.

Su hermana “mala” y “fiestera” se mueve en otros ámbitos y suele acabar en bandejas de plata de ricos, en los baños de la clase media aburrida de todo.

Pero de esto, de esto no tiene la culpa ni la hoja de coca, ni los campesinos que viven de su cultivo ni toda una cultura que se asoma al mundo a más de 3.000 metros.

Emi Arias

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Inventario

Llegó el día de la despedida. Nos vamos querida América Latina. Querido Perú.

Hemos viajado en autobús, barco, canoa, mototaxi, bicicleta, peke-peke, camión, jeep, moto, caminando y hasta en la pala de una excavadora. Hemos recorrido miles de kilómetros atravesando la Panamericana, la sierra, la selva alta, la selva baja, desiertos de sal, desiertos de arena, la pampa, la Patagonia, la Ruta 40, la Ruta Austral, ciudades interminables que palpitan, islas de silencio, lagos azul turquesa, montañas que arañan el cielo, gargantas qe se queman al sol…

América Latina nos abrió las puertas como lo hicieron Elisabeth, Gelsys, Maga, Adrián, Roxanna, Camila, Lucía, Diego, Romá, Carla… América Latina nos recogió cuando estábamos en una cuneta esperando la buena suerte. Ahí estaban Jorge y Anastassia.

Llegaron desde el otro lado para acompañarnos en la ruta Argi y Edu; con sus canciones improvisadas, sus risas y su embutido. Jone apareció en Buenos Aires; la imprescindible, la amiga, la prima, la compañera de viaje.

América Latina nos dejó abrazar una parte de la historia de los barcos llenos de sueños en algún lugar de Argentina.

América nos subió al cerro, con Charito de la mano, y allí se quedó una parte de nosotros esperando el regreso. Allí siguen sus manitas pintando el futuro.

América Latina nos ha dado tanto que siempre estaremos pendientes de su latido, de sus venas abiertas, de sus llamadas, de sus selvas, sus pampas, sus costas, sus justicias y sus injusticias…

No vinimos a cambiar el mundo pero si a hacer “cosas chiquitas” porque como dice Galeano “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.”

Llega la hora y nos vamos.

Han pasado decenas de ruedas, decenas de personas, con sus triunfos y sus tragedias, con sus vidas comunes. Han pasado siete meses y miles de kilómetros. Volvemos a casa. Seguimos viaje.

Ruta:

Madrid- Lima-Trujillo-Huanchaco-Puerto Chicama-Huaraz-Ruta de la Santa Cruz-Lima-Ica-Chincha-Pisco-Lima-Cusco-Chinchero-Ollantaytambo-Aguascalientes-Machu Picchu- Lima-Arequipa-Cañón del Colca-Cabanaconde-Puno-Amantaní-Taquile-Copacabana-La Paz-Coroico-Oruro-Potosí-Sucre-Uyuni-Villazón-La Quiaca-Humauaca-Tilcara-Jujuy- Córdoba-Las Rosas-Bueno Aires-Colonia de Sacramento-Buenos Aires-Bariloche-El Bolsón-El Chaltén-Calafate-Los Antiguos-Chile Chico- Cochrane-Puerto Guadal-Coyahique-Puerto Cisnes-Puyuhuapi-La Junta-Futaleufú-Esquel-Trevelín-El Bolsón-Bariloche-Puerto Montt-Castro-Ancud (Isla grande de Chiloé)-Santiago de Chile-Valparaíso-Viña del Mar-La Serena-Antofagasta-Iquique-Arica-Tacna-Ica-La Huacachina-Lima-Pucallpa-Santa Teresita-San Francisco de Yarinacocha-Lima-Amsterdam – Madrid

Emi e Iñaki

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Lima

La carretera de la costa que nos devuelve a casa huele a mar como ningún otro lugar. Es un mar intenso y enfadado, es el Océano Pacífico. Desde la casa de Gelsys se escucha como viene y se va.

Empiezo a mirar Lima como a una persona que se muere, con esa nostalgia anticipada que llena el estómago de aire.

Lima seguirá respirando nerviosa, subida a una combi, tomando desayuno en la calle, subida a los cerros o a los rascacielos, sorteando los carros de la Panamericana Norte, de la Tupac Amaru, de la Pachacutec, de Universitaria, tomando una moto para llegar arriba… Lima se queda buscando el cielo entre la garúa espesa, esperando que el Rimac traiga más agua, contando los gatos del parque Kennedy, patinando la avenida Arequipa…

En esta ciudad, tan ácida como su nombre, los sueños derrapan, chocan y vuelcan y, aún así, siguen adelante.

EMi

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Tristalegre

Estoy tristalegre. Es un nuevo adjetivo. O puede que sea demasiado viejo. Tengo un brazo, una pierna y un ojo que están muy tristes. Tengo el otro brazo, el otro ojo y la otra pierna alegres. Hay pedazos de cuerpo y de alma con ganas de abrazos de gente que lleva lejos ya demasiado tiempo. También hay cachitos de mí que hacen pucheros todo el tiempo porque va tocando agitar las manos, sonreir evitando el nudo fuerte de la garganta y decir “hasta pronto, que os vaya bonito”.

Llevan ya una semana de colegio. Sebas estrena uniforme. Se le cae todo el tiempo. Dice que necesita “una colea pa sujetarlo”. Hoy me ha preguntado que “cuánto tarda el carro que me lleva a España”. Les ha encantado que se llegue en avión. “España debe ser bacán”, ha dicho Piero. “Vas con tu mamá y tu papá a tu casita”, ha apuntado Sebastián.

Tristalegre. Muy tristalegre.

EMi

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El pueblo Shipibo y su selva agotada

Canoa sobre el lago (Pucallpa)

El primer día en la tierra. Esto debe ser lo más parecido a aquel momento.

La primera laguna, el primer cielo, el verde brillante y esa humedad de pueblo recién nacido.

Cuando atraviesas en un bote de madera la laguna de Cashibococha, a pocos kilómetros de Pucallpa (Ucayali, Perú) estás viendo lugares donde jamás llegaron ni los Incas ni los primeros colonizadores. Vinieron en el XVII los Franciscanos y más tarde, Jesuitas con su cruz y sus obsesiones “civilizadoras”. Ahora, las misiones evangélicas sustituyen a las de antes con otras cruces y discursos parecidos; apoyo y occidentalización a cambio de evangelio, bautismo y monetarización.

Nuestro bote de madera, en el que surcamos estas aguas tibias y oscuras, es una donación llegada desde Lima después de que tres personas se ahogaran  al volcar sus canoas. El último fue un niño pequeño. “Ya no tenemos árboles grandes para hacer nuestras canoas como antes, los madereros no dejan nada. Por eso las hacemos chiquitas”, cuenta uno de nuestros anfitriones Shipibo.

Niño Shipibo se baña en la laguna. Comunidad de Santa Teresita (Pucallpa)

Al llegar nos reciben cuatro niños nadando en la orilla. Están desnudos o “calatitos”, como dicen aquí, y se ríen como locos.

La Selva amazónica peruana está siendo depredada de forma salvaje y sin escrúpulos por empresas petroleras, caucheras y madereras. La naturaleza no es la única víctima; con ella, las comunidades indígenas están enfrentando cambios drásticos que afectan a sus culturas, su alimentación, sus vidas y sus derechos.

En la comunidad de Santa Teresita vivían 350 personas pocos años atrás. En poco tiempo, el olvido institucional y la migración obligada por esta depredación les ha diezmado. “Nuestros jóvenes se van”, cuenta una mujer con tristeza.

La tierra dejó de ser fértil fumigada por los planes fujimoristas para, supuestamente, erradicar la coca de la selva. La realidad es que muchas comunidades indígenas pasaron de la autogestión a depender de abastecerse en  poblaciones a horas de camino. Eso, junto a los chantajes de madereros y caucheros… Sus mentiras de un futuro mejor trajeron el alcoholismo, violaron a las mujeres shipibo y se llevaron la selva en camiones.

Las migraciones llevan también al mestizaje y a la deserción cultural de esta comunidad, que suma unas 30.000 personas en la Amazonía peruana. La juventud decide abandonar su vestimenta tradicional para evitar la discriminación y los insultos; “chama es el más común”, nos cuentan.

Deciden dejar de hablar su idioma para no ser considerados gente iletrada, “ciudadanos de tercera”, como les denominó el propio Alan García, ex presidente de Perú.

La educación es en castellano, no en su idioma. Tampoco hay libros en shipibo, ni la sanidad respeta sus tradiciones e idiosincrasia, ni existen para la realidad política del país…

Dos generaciones de mujeres shipiba (Santa Teresita)

“No queremos ser sólo parte del folklore, queremos participar, decidir, tenemos cosas que aportar y que decir. No queremos desaparecer”, denuncia Jeiser Suárez, joven Shipibo que dirige la ONG AIDI (Asociación Indígena para el Desarrollo Integral).

No son víctimas pasivas que esperan la llegada de sacos de arroz. La selva grita por sus derechos alto y claro. Las comunidades indígenas de la Amazonía quieren decidir sobre su futuro. Un futuro en su selva y en sus ríos. Un futuro que no les haga desaparecer en un mestizaje en el que les tocó el papel de David.

Los Shipibo no son únicos. En la Amazonía peruana existen unos 64 pueblos originarios. Los más numerosos son los Ashaninka pero tampoco su idioma se enseña en las aulas.

El jefe de la comunidad de Santa Teresita se dirige a nosotros al terminar la asamblea del sábado:  “nuestra gente también puede ser periodista, como usted, científicos o antropólogos… pero nos niegan la educación porque nos han olvidado.  Queremos las mismas oportunidades”.

Hablan bajito, de forma respetuosa, con tranquilidad y en orden. Están muy lejos de los estereotipos deformados que  traemos puestos desde Europa.

Han preparado unas malocas (casas de la selva) por si la gente se anima a venir de forma voluntaria para capacitarles en distintas cuestiones: “No queremos que vengan a darnos nada… buscamos que alguien pueda apoyarnos con sus conocimientos”.

AIDI trabaja intensamente en la producción de libros de texto bilingües y con enfoque intercultural para 15 pueblos originarios. “Queremos una curricula diversificada y estructurada según la cosmovisión de cada pueblo originario”, cuenta Jeiser.

“Tenemos nuestros códigos, nuestro contexto social y nuestras realidades y es difícil que los niños y las niñas aprendan de una forma que está pensada para la infancia en otros ámbitos. No queremos encerrarnos pero sí aprender desde nuestros códigos y abrirnos también al mundo con el castellano como segundo idioma… queremos salir al mundo pero no con la cabeza agachada porque nuestra cultura sea pisoteada e inferior.. que es lo que este sistema educativo plantea”. Esto nos lo cuenta una profesora de la comunidad Yine, que trabaja en la elaboración de un diccionario de su idioma.

No tienen muchos fondos y trabajan empujados por la convicción y el compromiso con su pueblo. Es un trabajo de hormiguita en un país donde ni siquiera sus idiomas están reconocidos como oficiales.

“Para el gobierno somos un problema, no parte de la solución”, se queja Jeiser.

Él nos muestra las instalaciones de la Universidad Intercultural de la Amazonía Peruana. En medio de la selva, y con más voluntad que instalaciones, funciona orgullosa esta institución accesible a las comunidades indígenas.

Comunidad de Santa Teresita

Antes de dejar la comunidad de Santa Teresita, comemos arroz a la sombra de las palmas con un calor húmedo intenso. Pocos minutos antes de subir al bote, una señora nos muestra sus artesanías y su telar. Sonriendo con su melena negra brillante nos acerca un collar. Decimos que no queremos comprar. Con la sonrisa explica que es un regalo. No habla castellano.

Nos alejamos de Santa Teresita en aquel bote, el único para las más de 100 personas que viven allí.

La comunidad se queda en silencio. Un silencio en el que sólo habla la selva con sus sonidos. Como aquel día. Como aquel primer día sobre la tierra.

Nos vamos con la esperanza de que nunca se deje de escuchar la música del idioma Shipibo, la esperanza de que sigan tejiéndose los ríos laberínticos en sus tejidos, los sueños de ayahuasca, los colores de sus blusas cortas…

Nos vamos con la promesa de hacer que se escuche en todas partes  este silencio, este grito de la selva.

Nos vamos pero nos llevamos tatuado este caminar tranquilo de dignidad, lucha, resistencia y futuro.

Emi Arias*

Dedicado a Jeiser y Leo,  nuestros ojos en la selva.

pdta: Si alguien quiere animarse a visitar y apoyar  la Comunidad de Santa Teresita o cualquier otra comunidad Shipiba. Os esperan con los brazos abiertos y el masato preparado.

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Con fundamento…

Hace un año escribí un reportaje para Pikara Magazine sobre las mujeres en Haití y su papel en la reconstrucción. Hace una semana recibí la noticia: el reportaje había sido premiado con un accésit del Premio Manuel Castillo de divulgación sobre Cooperación y Paz. Como estoy a horas de avión, mis padres fueron ayer en mi nombre y mi padre leyó un texto que le envié y que copio aquí…

“Gracias al jurado por fijarse en este reportaje. Gracias al Patronato Sud Nord de la Universidad de Valencia por convocar este premio que nos da fuerzas para seguir escribiendo.

Vivimos en un planeta injusto pero aún hay hueco para la esperanza. Sabemos que no es una cuestión de desabastecimiento… La clave está en la distribución cada vez mas desigual, también aquí en España, donde cada vez los ricos son más ricos y los pobres son más pobres. En esta ecuación macabra pierden las personas. Perdemos todos y todas.

Lo que estamos viviendo no es justo. Simplemente no es justo.

En momentos de crisis parece que podemos prescindir de los derechos, como si fueran privilegios regalados y no conquistas de años de esfuerzo…La sanidad, la educación, los derechos laborales, civiles, sociales y culturales… están en peligro. La cooperación, en este escenario, desaparece de los presupuestos directamente… Igual que nuestros derechos, la cooperación no es un lujo en momentos de bonanza económica, es nuestra responsabilidad o quedará en nuestras conciencias para siempre y la historia será dura con occidente.

Quiero dedicar unas palabras a las mujeres haitianas que, con su lucha, su esfuerzo y su trabajo crean vida y tejen paz. Haití sigue siendo hoy el país más pobre de América Latina. No les olvidemos.

Quiero recordar también a cada una de las mujeres muertas  por la violencia machista  aquí y en el resto del mundo.

Mi mención a los y las paradas, que desesperan en las colas día tras día mientras las ventas de artículos de lujo siguen ascendiendo.

Me acuerdo también de quién ha perdido su casa, de quién no llega a fin de mes. Mi apoyo y mi respeto. Mi compromiso y mi lucha.

A los y las emigrantes de aquí y de allá, que con sus huellas y su esfuerzo escriben la historia. A quién nunca llegó y descansa en el fondo del mar en el estrecho, a quién llegó a las costas de Canarias buscando algo mejor y solo encontró un CIE, cárceles que deben desaparecer…

Y ya termino. A la revista Pikara Magazine, por su esfuerzo diario por dar voz al camino hacia la igualdad y a todas las feministas.

A mis padres, Andrés y Maribel, a mi hermano Asier, a mis abuelos, y toda mi familia que con su trabajo y su humanidad me han enseñado el significado de la solidaridad, la justicia, y la honestidad. Os quiero.

Y a mi abuela Bienvenida, que estará en alguna parte esperando a que lleguemos…. Ella me enseñó  a sufrir los dolores ajenos como propios, a atarme los cordones, escuchó mis primeras redacciones en el colegio y creyó en mí… ella que siempre me decía… “hay que hacer las cosas con fundamento”… pues eso abueli, por un mundo “con fundamento”.  Gracias”

En realidad parece demasiado agradecimiento por un premio chiquito, por algo casi anecdótico… Pero os aseguro que en tiempos tan inciertos, da energía, alegría y ganas de seguir apostando al caballo cojo.

Emi*

 

 

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Lautaro…

Lautaro era un niño mapuche que con 11 años fue secuestrado por Pedro de Valdivia, conquistador de Chile. Durante el tiempo que vivió entre los españoles, el pequeño aprendió a perderle el miedo a la espada, al caballo y a las armaduras.

Además de ser el escudero de Valdivia, Lautaro empezó a conocer las tácticas bélicas de aquellos barbudos insolentes.

Después de contemplar con sus propios ojos una de las muchas masacres sufridas por los mapuches, Lautaro se escapó. Nadie le echo de menos. Para ellos era solo un indio más.

Un día volvió liderando a su pueblo y en una emboscada acabó con la vida de Pedro de Valdivia.

Lautaro soñó la libertad para su pueblo… Los mapuches aún hoy pelean por mantener sus tierras.

La Araucanía ya quedó lejos pero la imagen de un Lautaro vengando a su pueblo vuelve una y otra vez a mi cabeza mientras nuestro bus cruza el desierto que un día atravesó a caballo Pedro de Valdivia.

37 grados de calor bajo un cielo que derrite hasta el ánimo. Debe ser grande la ambición y el amor por el oro para aventurarse a hacer algo así…

La Serena, Antofagasta, Iquique… años después de aquellas batallas olvidadas, se asoman al Pacífico esperando alguna respuesta.

Las ciudades del nitrato se apagaron. La Panamericana sube y sube entre dunas. Salpican el desierto algunas “tomas”, como le dicen aquí a los asentamientos humanos declarados ilegales por el gobierno.

Chile  se extiende desde los glaciares hasta el desierto de Atacama en miles de kilómetros de absoluta diversidad natural y obscena desigualdad económica.

Llegamos a Arica, la orgullosa frontera con Perú.

“Hoy no pueden viajar. Está cerrada por las minas”, nos cuentan en la terminal de Arica.

Las miles de minas antipersona colocadas durante la dictadura de Pinochet se han desperdigado por toda la frontera a consecuencia del desborde de un rio.

El dictador estaba obsesionado con al idea de ser atacado por Perú o Bolivia, países con los que mantuvieron arduos conflictos territoriales resueltos siempre en favor de Chile. Bolivia no ve el mar desde entonces y Arica ya no es Perú.

Colocar una mina cuesta en torno a 30 euros. Desactivarla cuesta 3.000 euros más o menos.

Un taxista nos dice “es normal tener minas, somos frontera”.

El colmo del absurdo nacionalista y patriota. A este hombre le parece una fantástica idea que alguien vuele por los aires al intentar entrar en su terruño. Ceguera rima con bandera.

Un hombre sin brazos aparece en televisión junto a su nieta. Pastoreando sus animales encontró un objeto raro y quiso saber que era. “Nadie del gobierno ha pasado por aquí”, denuncia. Es chileno.

Las banderas y las líneas imaginarias que dibujamos y denominamos fronteras aumentan las dioptrias…

Después de dos días escuchando detonaciones se abre la frontera. Miles de personas se agolpan para ir y venir con un papel en la mano. Un papel que demuestra que son legales…

A los lados de nuestro microbús, millones de alhambres avisan de la existencia de minas. La arena lo cubre todo.

Imposible verlas… Imposible también olvidar que, a pesar de tratados, firmas y fotos de presidentes sonrientes, siguen aquí… enterradas en algún lugar de este desierto.

Imposible olvidar a Lautaro, las tomas, las desigualdades profundas, la canción del acento chileno, los sueños de libertad…

 

Emi*

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