Potosí: la plata o la vida

Diego Huallpa perdió su llama. La buscó sin descanso hasta que la oscuridad llegó al cerro donde estaba. Para calentarse encendió una fuego y durmió toda la noche. Al amanecer, en el lugar de la hoguera ya sólo quedaban cenizas y de la tierra habían brotado unos hilillos de plata. Diego Huallpa, un campesino quechua, acababa de descubrir el Cerro Rico de Potosí, la montaña de plata, estaño, cobre, zonc y pirita que estaba se convirti{o en símbolo de riqueza y en tumba de esclavos indígenas y africanos. Este lugar fue el epicentro de la barbarie colonial y de la explotación invasora.

Huallpa y su amigo Huanca explotaron el cerro durante un tiempo pero una pelea de compadres hizo que el segundo desvelara la existencia de esa montaña de riquezas a la autoridad colonial. En pleno siglo XVI el Cerro Rico pasó a manos españolas.

Durante el régimen de la mita, los mitayos, o esclavos indígenas,  eran obligados a trabajar de sol a sol en condiciones lamentables. Dicen que con toda la plata que se sacó en el periodo colonial se podría construir un puente desde América hasta Europa. El mismo puente se puede construir con los huesos de las personas que murieron o fueron asesinadas en este cerro de metal.

Han pasado siglos y la montaña sigue dando dinero y sigue enterrando gente. En la cooperativa Pailabili, al igual que en otras que operan aquí, trabajan niños de 8 o 9 años.  Cuando llegamos la primera impresión es dura, casi una bofetada.

El Estado Boliviano recibe el 15% de los beneficios de estas cooperativas y hace la vista gorda  ante situaciones como esta y ante otras cuestiones como la total ausencia de sistemas de seguridad, la inexistencia de subsidios o los turnos de hasta 24 horas. Hay que aclarar que estas cooperativas tienen estructuras piramidales y un sistema meritocrático duro.

Los mineros, y hablo en masculino porque en este cerro las mujeres tienen prohibida la entrada por tradición, se arrastran por galerías que van de los 0° a los 40°. Los accidentes y derrumbes son constantes y según los mineros, la mayor parte de las veces tienen que ver con la inexperiencia de los niños…

En el suelo de las primeras galerías vemos con la iluminación del casco sangre mezclada con el barro. Del susto pasamos a la perplejidad: es sangre de llama, animal que se sacrifica cuando un minero muere en la mina. Este es un tributo a El Tio, el diabólico “Supai” de las profundidades que inventaron los colonos españoles para infundir miedo a los indígenas y que trabajasen más.

Del miedo han pasado a un compadreo respetuoso que convierte a este ser, dueño y señor de la mina, en el complice y compañero de los mineros. Él otorga la riqueza sabe donde están las venas del mineral y cuando estas llevan a una veta se lo agradecen a lo grande.

Él es también el culpable de que las mujeres tengan prohibido el acceso a esta mina. Dicen que se enamoraría de “la cholita que entrase y eso traería la desgracia a las galerías”.

Los rituales son diarios. Coca y alcohol puro que El Tio comparte con la Pachamama y un cigarro en la boca en agradecimiento para terminar. Así lo hacen cada día, al entrar y al salir.

Los viernes es el día de cobrar y también de reunión con El Tio. un ex minero nos cuenta que ahí los mineros se gastan en alcohol la mitad de lo que ganan en el cerro, que depende del puesto que tengan, del aguante y de su posición en la piramide de la cooperativa. El sueldo más alto, el del perforador, puede llegar a 1.600 euros al mes pero su salud no tiene precio; es el trabajo más peligroso. Después de unos años perforando, la mina les mata de silicosis, sobre los 40 si no lo dejan antes.

Sus caras al salir de la galería son ocres, blancas, grises y polvorientas y en sus mejillas siempre ese inmenso bulto por “chackchar” la coca con legía. “Con la coca no hay frío, no hay hambre y estás alerta y eso hace falta ahí abajo”, cuentan.

El sitio de las mujeres aquí en Cerro Rico está fuera de la mina, en la parte trasera de la cooperativa, donde los camiones pierden algunas piedras de la carga. Ellas, las “palliris” (separadoras en quechua), a mano y con su martillo, bajo el sol y la lluvia fria del altiplano, separan el mineral respirando los gases nocivos que hacen que les arda el rostro. Un bolsito de mineral es su ganancia, su sueldo. Las “palliris” son viudas de mineros a las que la cooperativa “permite” hacer este trabajo a cambio de nada, sólo el mineral que puedan separar a martillazos.

En Oruro cuentan que si han entrado las mujeres a las minas porque el papel de palliris lo han empezado a adoptar los niños pequeños, que también se pierden en las entrañas de las minas con 10, 11 y 12 años.  Son mineros de 1’30 metros.

EL sonido ahí abajo es de otro mundo. El frío y la humedad congelan el alma en la entrada. Dicen que en la cuarta galería el calor derrite hasta el espíritu y allí los mineros trabajan sin camiseta en un cuerpo a cuerpo con el mineral. La claustrofobía nos impidió aventurarnos ahí abajo.

Cuando salimos de allí, los carreros empujan una carreta de dos toneladas sobre los raíles. Gritan “guarda” y nos echamos a un lado casi mudos y con un nudo en la garganta.

dejamos atrás la plata, la sangre, las paredes brillantes de pirita, las caras tiznadas, el olor a coca, a gas, a alcohol. Lo dejamos atrás solo físicamente porque cuando entras en las minas de Potosí, la mina, El Tío, los mineros y las palliris se quedan en tí para siempre.

Diego Huallpa pudo haber dejado escapar aquella llama. Entonces Potosí no hubiese sido el lecho de las codicias coloniales, la ciudad de plata, ni la tumba de decenas de miles de indígenas que seguro ahora celebran desde el cielo de este infierno el sueldo de los viernes con El Tio.

A todos los mineros y mineras, a las palliris y a cada uno de los niños que entra en las minas de Bolivia. Con respeto, con mucho respeto.

Emi e Iñaki

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Acerca de Emi Arias

Periodista. Master en televisión por RTVE. Experta en Información internacional y Master en Igualdad entre Hombres y Mujeres.
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