En la frontera

La Quiaca y Villazón son dos puertas de entrada y salida, dos ciudades de paso donde el sur se encuentra con otro sur llegado del norte.

Del lado boliviano una inmensa cola espera con sus polleras y sus sombreros, con su mercadería y su visado en la mano.

Del lado argentino, todo es más rápido y la gente entra con las manos vacías y sale cargada de colonias, juguetes y otras chucherías que son más baratas  en Villazón.

La frontera de La Quiaca parece un embudo de sueños. Todas las fronteras lo son. Algunas son sólo  muros de uniformes verdes con armas.

En medio de todas esas esperas y esperanzas, las compañeras de fila amenizan el tiempo con historias. Van a trabajar a Buenos Aires, a buscarse el pan a Tucumán, a visitar a su hija que hace años que no ven, a pasar la navidad en familia, a ver qué pasa…De repente una mujer de largas trenzas y mejillas cuarteadas ofrece a la que está justo detrás de nosotros “pasar” a la niña que le acompaña.

“Solo le costará 30 pesos argentinos, mamita”, dice la mujer de las trenzas.

Es una “pasadora” y su trabajo consiste en burlar a los gendarmes argentinos para meter en el país a niños y niñas de forma “ilegal” (que poco me gusta este adjetivo para hablar de personas). Para muchas personas es, en realidad, una manera de sortear los tediosos y caros procesos para conseguir un visado.

La mujer se lleva a la niña de la mano.

“Ahora tienes que decir que ella es tu madre. Espérame al otro lado mamita que yo luego te alcanzo”, le tranquiliza su madre.

Los gendarmes no parecen enterarse de nada. Muchas veces, esta práctica esconde la trata de menores y puede ser por eso que la oficina de la frontera boliviana está empapelada con rostros de menores de 14 años que nunca más volvieron a casa.

Después de 5 horas esperando conseguimos pasar la frontera. Para nosotros es fácil: un par de sellos en el pasaporte y un registro mínimo de los equipajes. Claro,  somos europeos y no bolivianos.

Al llegar a la terminal entendemos que los precios acaban de multiplicarse por cinco .

El autobús que tomamos y la carretera para llegar a Humauaca nos dice de nuevo que no estamos en Bolivia.

“Todo el mundo abajo con todas las balijas para proceder al registro”.

El autobús se detiene y cinco gendarmes argentinos abren con cuchillos las bolsas de las bolivianas y bolivianos del autobús. Rompen tres de cada cuatro paquetes de mercadería que pasan por sus manos. Lo hacen con desprecio. Uno de ellos deshace las trenzas de abalorios que colocan las aymara en sus cabellos como adorno. Las deshilacha y las mira con asco mientras le pregunta “”qué es esto señora?”. Él sabe de sobra qué es eso.

Cuando llega a nuestars mochilas de montaña temblamos. Las mira por encima, saca un par de calcetinas, las vuelve a cerrar y nos pregunta si somos del Madrid o del Barcelona.

Nos paran tres veces más en un camino de 4 horas. En cada registro sucede lo mismo. Ya no queda ninguna bolsa entera. Toda la mercadería ha tocado el suelo.

¿Bienvenidos a Argentina?

No todo el mundo.

pdata: Dedicado a quién nos recibió en Humauaca, un lugar de raíces profundas y sonidos hermosos, con la puerta abierta y la mesa puesta.

Emi*

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Acerca de Emi Arias

Periodista. Master en televisión por RTVE. Experta en Información internacional y Master en Igualdad entre Hombres y Mujeres.
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