Lautaro…

Lautaro era un niño mapuche que con 11 años fue secuestrado por Pedro de Valdivia, conquistador de Chile. Durante el tiempo que vivió entre los españoles, el pequeño aprendió a perderle el miedo a la espada, al caballo y a las armaduras.

Además de ser el escudero de Valdivia, Lautaro empezó a conocer las tácticas bélicas de aquellos barbudos insolentes.

Después de contemplar con sus propios ojos una de las muchas masacres sufridas por los mapuches, Lautaro se escapó. Nadie le echo de menos. Para ellos era solo un indio más.

Un día volvió liderando a su pueblo y en una emboscada acabó con la vida de Pedro de Valdivia.

Lautaro soñó la libertad para su pueblo… Los mapuches aún hoy pelean por mantener sus tierras.

La Araucanía ya quedó lejos pero la imagen de un Lautaro vengando a su pueblo vuelve una y otra vez a mi cabeza mientras nuestro bus cruza el desierto que un día atravesó a caballo Pedro de Valdivia.

37 grados de calor bajo un cielo que derrite hasta el ánimo. Debe ser grande la ambición y el amor por el oro para aventurarse a hacer algo así…

La Serena, Antofagasta, Iquique… años después de aquellas batallas olvidadas, se asoman al Pacífico esperando alguna respuesta.

Las ciudades del nitrato se apagaron. La Panamericana sube y sube entre dunas. Salpican el desierto algunas “tomas”, como le dicen aquí a los asentamientos humanos declarados ilegales por el gobierno.

Chile  se extiende desde los glaciares hasta el desierto de Atacama en miles de kilómetros de absoluta diversidad natural y obscena desigualdad económica.

Llegamos a Arica, la orgullosa frontera con Perú.

“Hoy no pueden viajar. Está cerrada por las minas”, nos cuentan en la terminal de Arica.

Las miles de minas antipersona colocadas durante la dictadura de Pinochet se han desperdigado por toda la frontera a consecuencia del desborde de un rio.

El dictador estaba obsesionado con al idea de ser atacado por Perú o Bolivia, países con los que mantuvieron arduos conflictos territoriales resueltos siempre en favor de Chile. Bolivia no ve el mar desde entonces y Arica ya no es Perú.

Colocar una mina cuesta en torno a 30 euros. Desactivarla cuesta 3.000 euros más o menos.

Un taxista nos dice “es normal tener minas, somos frontera”.

El colmo del absurdo nacionalista y patriota. A este hombre le parece una fantástica idea que alguien vuele por los aires al intentar entrar en su terruño. Ceguera rima con bandera.

Un hombre sin brazos aparece en televisión junto a su nieta. Pastoreando sus animales encontró un objeto raro y quiso saber que era. “Nadie del gobierno ha pasado por aquí”, denuncia. Es chileno.

Las banderas y las líneas imaginarias que dibujamos y denominamos fronteras aumentan las dioptrias…

Después de dos días escuchando detonaciones se abre la frontera. Miles de personas se agolpan para ir y venir con un papel en la mano. Un papel que demuestra que son legales…

A los lados de nuestro microbús, millones de alhambres avisan de la existencia de minas. La arena lo cubre todo.

Imposible verlas… Imposible también olvidar que, a pesar de tratados, firmas y fotos de presidentes sonrientes, siguen aquí… enterradas en algún lugar de este desierto.

Imposible olvidar a Lautaro, las tomas, las desigualdades profundas, la canción del acento chileno, los sueños de libertad…

 

Emi*

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Acerca de Emi Arias

Periodista. Master en televisión por RTVE. Experta en Información internacional y Master en Igualdad entre Hombres y Mujeres.
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