El pueblo Shipibo y su selva agotada

Canoa sobre el lago (Pucallpa)

El primer día en la tierra. Esto debe ser lo más parecido a aquel momento.

La primera laguna, el primer cielo, el verde brillante y esa humedad de pueblo recién nacido.

Cuando atraviesas en un bote de madera la laguna de Cashibococha, a pocos kilómetros de Pucallpa (Ucayali, Perú) estás viendo lugares donde jamás llegaron ni los Incas ni los primeros colonizadores. Vinieron en el XVII los Franciscanos y más tarde, Jesuitas con su cruz y sus obsesiones “civilizadoras”. Ahora, las misiones evangélicas sustituyen a las de antes con otras cruces y discursos parecidos; apoyo y occidentalización a cambio de evangelio, bautismo y monetarización.

Nuestro bote de madera, en el que surcamos estas aguas tibias y oscuras, es una donación llegada desde Lima después de que tres personas se ahogaran  al volcar sus canoas. El último fue un niño pequeño. “Ya no tenemos árboles grandes para hacer nuestras canoas como antes, los madereros no dejan nada. Por eso las hacemos chiquitas”, cuenta uno de nuestros anfitriones Shipibo.

Niño Shipibo se baña en la laguna. Comunidad de Santa Teresita (Pucallpa)

Al llegar nos reciben cuatro niños nadando en la orilla. Están desnudos o “calatitos”, como dicen aquí, y se ríen como locos.

La Selva amazónica peruana está siendo depredada de forma salvaje y sin escrúpulos por empresas petroleras, caucheras y madereras. La naturaleza no es la única víctima; con ella, las comunidades indígenas están enfrentando cambios drásticos que afectan a sus culturas, su alimentación, sus vidas y sus derechos.

En la comunidad de Santa Teresita vivían 350 personas pocos años atrás. En poco tiempo, el olvido institucional y la migración obligada por esta depredación les ha diezmado. “Nuestros jóvenes se van”, cuenta una mujer con tristeza.

La tierra dejó de ser fértil fumigada por los planes fujimoristas para, supuestamente, erradicar la coca de la selva. La realidad es que muchas comunidades indígenas pasaron de la autogestión a depender de abastecerse en  poblaciones a horas de camino. Eso, junto a los chantajes de madereros y caucheros… Sus mentiras de un futuro mejor trajeron el alcoholismo, violaron a las mujeres shipibo y se llevaron la selva en camiones.

Las migraciones llevan también al mestizaje y a la deserción cultural de esta comunidad, que suma unas 30.000 personas en la Amazonía peruana. La juventud decide abandonar su vestimenta tradicional para evitar la discriminación y los insultos; “chama es el más común”, nos cuentan.

Deciden dejar de hablar su idioma para no ser considerados gente iletrada, “ciudadanos de tercera”, como les denominó el propio Alan García, ex presidente de Perú.

La educación es en castellano, no en su idioma. Tampoco hay libros en shipibo, ni la sanidad respeta sus tradiciones e idiosincrasia, ni existen para la realidad política del país…

Dos generaciones de mujeres shipiba (Santa Teresita)

“No queremos ser sólo parte del folklore, queremos participar, decidir, tenemos cosas que aportar y que decir. No queremos desaparecer”, denuncia Jeiser Suárez, joven Shipibo que dirige la ONG AIDI (Asociación Indígena para el Desarrollo Integral).

No son víctimas pasivas que esperan la llegada de sacos de arroz. La selva grita por sus derechos alto y claro. Las comunidades indígenas de la Amazonía quieren decidir sobre su futuro. Un futuro en su selva y en sus ríos. Un futuro que no les haga desaparecer en un mestizaje en el que les tocó el papel de David.

Los Shipibo no son únicos. En la Amazonía peruana existen unos 64 pueblos originarios. Los más numerosos son los Ashaninka pero tampoco su idioma se enseña en las aulas.

El jefe de la comunidad de Santa Teresita se dirige a nosotros al terminar la asamblea del sábado:  “nuestra gente también puede ser periodista, como usted, científicos o antropólogos… pero nos niegan la educación porque nos han olvidado.  Queremos las mismas oportunidades”.

Hablan bajito, de forma respetuosa, con tranquilidad y en orden. Están muy lejos de los estereotipos deformados que  traemos puestos desde Europa.

Han preparado unas malocas (casas de la selva) por si la gente se anima a venir de forma voluntaria para capacitarles en distintas cuestiones: “No queremos que vengan a darnos nada… buscamos que alguien pueda apoyarnos con sus conocimientos”.

AIDI trabaja intensamente en la producción de libros de texto bilingües y con enfoque intercultural para 15 pueblos originarios. “Queremos una curricula diversificada y estructurada según la cosmovisión de cada pueblo originario”, cuenta Jeiser.

“Tenemos nuestros códigos, nuestro contexto social y nuestras realidades y es difícil que los niños y las niñas aprendan de una forma que está pensada para la infancia en otros ámbitos. No queremos encerrarnos pero sí aprender desde nuestros códigos y abrirnos también al mundo con el castellano como segundo idioma… queremos salir al mundo pero no con la cabeza agachada porque nuestra cultura sea pisoteada e inferior.. que es lo que este sistema educativo plantea”. Esto nos lo cuenta una profesora de la comunidad Yine, que trabaja en la elaboración de un diccionario de su idioma.

No tienen muchos fondos y trabajan empujados por la convicción y el compromiso con su pueblo. Es un trabajo de hormiguita en un país donde ni siquiera sus idiomas están reconocidos como oficiales.

“Para el gobierno somos un problema, no parte de la solución”, se queja Jeiser.

Él nos muestra las instalaciones de la Universidad Intercultural de la Amazonía Peruana. En medio de la selva, y con más voluntad que instalaciones, funciona orgullosa esta institución accesible a las comunidades indígenas.

Comunidad de Santa Teresita

Antes de dejar la comunidad de Santa Teresita, comemos arroz a la sombra de las palmas con un calor húmedo intenso. Pocos minutos antes de subir al bote, una señora nos muestra sus artesanías y su telar. Sonriendo con su melena negra brillante nos acerca un collar. Decimos que no queremos comprar. Con la sonrisa explica que es un regalo. No habla castellano.

Nos alejamos de Santa Teresita en aquel bote, el único para las más de 100 personas que viven allí.

La comunidad se queda en silencio. Un silencio en el que sólo habla la selva con sus sonidos. Como aquel día. Como aquel primer día sobre la tierra.

Nos vamos con la esperanza de que nunca se deje de escuchar la música del idioma Shipibo, la esperanza de que sigan tejiéndose los ríos laberínticos en sus tejidos, los sueños de ayahuasca, los colores de sus blusas cortas…

Nos vamos con la promesa de hacer que se escuche en todas partes  este silencio, este grito de la selva.

Nos vamos pero nos llevamos tatuado este caminar tranquilo de dignidad, lucha, resistencia y futuro.

Emi Arias*

Dedicado a Jeiser y Leo,  nuestros ojos en la selva.

pdta: Si alguien quiere animarse a visitar y apoyar  la Comunidad de Santa Teresita o cualquier otra comunidad Shipiba. Os esperan con los brazos abiertos y el masato preparado.

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Acerca de Emi Arias

Periodista. Master en televisión por RTVE. Experta en Información internacional y Master en Igualdad entre Hombres y Mujeres.
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2 respuestas a El pueblo Shipibo y su selva agotada

  1. NATI FUENTES dijo:

    Una vez más con tu relato me haces situarme con vosotros en el mismo lugar en el que habéis estado, viendo el mismo paisaje y compartiendo la visita a las comunidades indígenas. Y las fotos son preciosas.

  2. Andrés dijo:

    Enhorabuena, como siempre: transmites….
    Muxus

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