Coroico y la Coca

Una mujer negra que supera los setenta descansa tendida a la sombra de una casa baja de adobe. Esto es Coroico. Esto es Bolivia.

Su vecina, una “cholita” de impecable pollera y gorro, le acompaña sentada a su lado en una silla. Es el fresco calor de las seis de la tarde en esta selva alta, en los Yungas, donde los Andes verdean y explotan en estrepitosas cascadas. Ese lugar donde la Amazonía se eleva sobre sí misma, dulcificando la ferocidad de la selva.

Coroico, este pueblo mestizo, mitad Amazonía, mitad cordillera, respira orgulloso y alegre rodeado de campos de coca. La población afroboliviana pasea sus raíces esclavas por estas calles de colores alegres. Mientras, las trenzas negras y largas contonean su timidez andina, su tristeza de india buena, de indio honesto.

“No le saquéis fotos a la gente que trabaja en los campos de coca”. Hicimos caso.

La mayor parte de la coca boliviana se cultiva en esta parte del país. La DEA (Agencia Américana Antidroga) dejó el país por orden de Evo Morales y los programas de erradicación demostraron no ser la solución ni al consumo ni a la corrupción. La Coca no es el demonio.

La hoja de coca aquí está presente en cada calle. “Chacchar”, “picchar” o masticar es el pan de cada día en la elevada Bolivia. Quita el sueño a quien conduce el autobús en la carretera más peligrosa de América Latina, mantiene alerta a quien entra en una mina en Potosía, la toma quien vende para aguantar el hambre, quien tiene animales, quien tiene chacra y quien no tiene nada también.

La DEA centró sus esfuerzos en la destrucción de los campos pero el problema no eran ni los campos ni sus campesinos y campesinas. El tráfico de drogras seguía enriqueciendo a narcos al norte y al sur mientras a las personas que trabajaban los campos apenas les llegaba para comer.

Los campos ardían a la vez que los narcos seguían introduciendo cocaína procesada en el mercado de Estados Unidos y Europa. Ergo, las llamas no quemaron ni el consumo ni el narcotráfico.

Miles de hectáreas ardieron para absolutamente nada.

En Bolivia los autobuses huelen a esta hojita amarga, la gente habla con ese bulto característico en el papo y sus múltiples usos y propiedades medicinales la convierten en compañera imprescindible de bolivianos y bolivianas.

Su hermana “mala” y “fiestera” se mueve en otros ámbitos y suele acabar en bandejas de plata de ricos, en los baños de la clase media aburrida de todo.

Pero de esto, de esto no tiene la culpa ni la hoja de coca, ni los campesinos que viven de su cultivo ni toda una cultura que se asoma al mundo a más de 3.000 metros.

Emi Arias

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Acerca de Emi Arias

Periodista. Master en televisión por RTVE. Experta en Información internacional y Master en Igualdad entre Hombres y Mujeres.
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4 respuestas a Coroico y la Coca

  1. Roxana dijo:

    Emi. me ha encantado todo, pero eso de su hermana mala y fiestera me ha parecido genial. Besos, me encanta que te acuerdes de esto.

  2. NATI FUENTES dijo:

    Muy educativa y muy interesante tu matización. Me trasladas a las altitudes de los Andes con tus imágenes y descripciones de las gentes que allí habitan.

  3. anto gonzales dijo:

    esto no responde a mi pregunta de ¿que país de américa latina queda coroico?

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