La niña del Ampato

 

Apareció en la cima del Ampato, a unas horas de Arequipa (Perú), con su melena negra larga e intacta 500 años después. Abrazada a sus rodillas, la nieve y el hielo conservaron cada detalle de su fisionomía.

Le llamaron Juanita por John, el expedicionario estadounidense que encontró su tumba.

Sobre los hombros llevaba una tela roja y blanca que le protegió del frío  en el ascenso hacia su propio sacrificio, en la cima del Ampato a más de 5.000 metros de altura.

Dos alfileres enormes llamados “tupos” amarraban sus ropas y todavía hoy dan cuenta de su procedencia noble. En su bolso se encontraron restos de hojas de coca y charki, carne seca de llama.

Los temblores hicieron que su fardo funerario rodase varios metros y quedase junto a la boca del volcán. Todas sus pertenencias fueron encontradas en el lugar del sacrificio y el entierro; vasijas, figuras de distintos metales y objetos ceremoniales. El deshielo favoreció que se abriese esta ventana a la historia.

Juanita era virgen, era noble y era una “elegida”. Desde pequeña había sido preparada para una temprana muerte, para calmar la ira de los dioses, para que los “Apus” de las montañas no lanzaran fuego, no enviaran aluviones y fueran benévolos  con el imperio Inca.

Juanita nació para morir en una fecha determinada.

Debieron tardar días y noches enteras en llegar a la cima del Ampato sin casi oxígeno. Caminaron desde Cuzco, a 10 horas de coche del lugar donde apareció.

Imagino a Juanita subiendo firme y orgullosa, pero también exhausta y asustada. Le veo caminando hacia su muerte por la vida de su pueblo. Eso le habían dicho. Esa había sido su preparación.

Durante un tiempo se pensó que el mismo frío que ha conservado durante cuatro siglos su corazón , su estómago y la piel de sus manos, había acabado con su vida. Sin embargo, los huesos de su cráneo hablaron; Juanita recibió un golpe mortal en la cabeza que congeló su vida a los 13 años para siempre.

Su cuerpo de metro y medio de estatura sigue encogido ante las miradas curiosas; mezcla de admiración, extrañeza y cierta repulsión. La “niña del Ampato” descansa en una cámara frigorífica transparente que mantiene su pecho lleno de hielo.

Los Apus reclaman su regreso. Este no es su sitio. La vida de Juanita fue una cruel preparación para la vida eterna, una entrega total al pueblo Inca. Su tumba ya no es su tumba ni su sacrificio es ya su sacrificio. Juanita no vivió para descansar en un museo pero el museo nos asoma a aquel mundo.

Paradojas a parte, todavía son muchas las hipótesis, las preguntas, los equívocos y los misterios que rodean este rostro de cuencas profundas, este pequeño cuerpo que los Apus reclaman y las montañas echan de menos.

Hoy nuestros sacrificios son otros. Mueren inocentes a diario por otros mitos y leyendas, por creencias, banderas, dioses, tierras prometidas, diamantes, petróleo, opio…

Solo que hay quién aún no sabe que estamos llenando el mundo de sacrificios humanos con menos sentido todavía que el de Juanita.

Emi Arias

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Acerca de Emi Arias

Periodista. Master en televisión por RTVE. Experta en Información internacional y Master en Igualdad entre Hombres y Mujeres.
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